Don Ramiro tiene 78 años y vive desde hace una década en su combi frente al mar de Oaxaca : no piensa volver

17 octubre, 2026

Don Ramiro tiene 78 años y vive desde hace una década en su combi frente al mar de Oaxaca : no piensa volver

El amanecer cae en la costa oaxaqueña como una manta tibia, y la combi de Don Ramiro despierta con el sol. Desde el portón trasero se mira el horizonte, una línea azul que parece respirar, y la arena dibuja mapas de sal en las llantas. El hombre prende el anafre, huele el café, y deja que el primer trago le recuerde que hoy, como ayer, no necesita más que el viento.

Los vecinos de la playa lo saludan por su nombre, y él contesta con una risa que cruje como madera vieja. A veces narra sus rutas, otras calla, dejando que el rumor del mar complete las frases. “Aquí el tiempo no corre: se mece”, dice, mientras acomoda su silla de plástico frente al Pacífico.

El rumor del Pacífico como reloj

Cada ola es un tictac confiable, y cada tarde trae un mismo brillo. Para él, la marea pone orden donde la ciudad puso prisa y ruido. “La carretera fue mi familia por años; ahora el mar me enseña a escuchar”, comenta, mirando un punto fijo que solo él ve.

En esta franja de costa, el calendario es un invento remoto y la paciencia una herramienta de trabajo. Sus días no se cuentan, se repiten con pequeñas diferencias: una palmera nueva, un niño que aprende a flotar, una nube que cambia de piel.

Una combi como casa

En el interior huele a cedro y a ropa recién secada al sol. La cama es un colchón corto, la ventana un rectángulo de mar, y la mesa surge de una tabla que alguna vez fue puerta. Nada sobra, nada falta: una olla, una navaja, un radio que a ratos chisporrotea.

“Si cabe en la combi, cabe en la vida”, repite, tocando el techo con los nudillos. Allí lleva fotos sin marco, cartas dobladas y un sombrero con la cinta comida por la sal. No hay llave que cierre su casa, solo confianza en un círculo pequeño de rostros conocidos.

Rituales al filo del día

Su permanencia se sostiene en hábitos claros, breves, tercos como el vaivén del agua. Él los enumera con gracia de apuntador viejo:

  • Hervir café, agradecer en silencio, y revisar el cielo.
  • Sacudir la arena del tapete y aceitar una bisagra.
  • Pasear hasta la tienda por pan caliente, saludar a todos.
  • Leer dos páginas de un libro gastado, subrayar una palabra.

Memoria de ruta y oficio

Antes de anclar en esta bahía, llevó carga y canciones por carreteras sin sombra. Conoció moteles baratos, baches imposibles y talleres que aceptan pago en historias. “La ruta era una madre dura: te enseña o te rompe”, suelta, con una media sonrisa que se parece a un parche.

Ahora arregla bicicletas por propina, cambia focos, enseña a ajustar frenos a quien se acerque. No busca clientes: busca conversaciones. Le bastan las monedas, el plato humeante que siempre llega de manos amigas, y la certeza de que la tarde lo encontrará con algo útil entre los dedos.

La orilla como vecindario

Lo mismo lo invitan a una fiesta de pescadores que a un cumpleaños lleno de velas de colores. La playa es su banqueta, el palmar su alero, y las paredes se sustituyen con saludos francos y apodos heredados. A veces arma cine con un telón pobre y un proyector que chispea como luciérnaga impaciente.

“Soy forastero que se quedó”, dice, y el verbo “quedarse” se le enreda a la lengua como caracol en la marea. Entre Zipolite, Mazunte y Puerto Ángel, su mapa es un collar de caletas donde cada cuenta brilla a su modo.

Viejo, sí; inmóvil, no

A ratos le duele la rodilla, y a veces se le olvida la palabra exacta, pero el cuerpo aprende atajos que la cabeza olvida. Camina temprano, despacio, como quien mide la tierra con los pies. “La edad hace ruido, pero no mando”, bromea, y se sacude la arena de los talones.

Él sabe que la fragilidad visita sin aviso, y por eso afina la logística de cada día: dónde estacionar con sombra, a quién llamar si el motor tose, qué fruta guardar para la noche. Lo esencial cabe en una lista corta, como su propia firma.

Lo que se va y lo que se queda

De la ciudad quedaron recibos, un par de llaves que ya no abren nada, y un buzón que ahora junta telarañas y olvidos. Aquí, en cambio, quedan huellas de pies descalzos, olor a mango, nombres que se repiten en murmullos de oleaje y perro que ladra sin urgencia.

“No tengo prisa ni destino, tengo rumbo”, confiesa, mirando el reflejo que la tarde dibuja en la carrocería. Si alguien pregunta cuándo volverá, responde con un gesto corto, una risa baja, y la frase que lo sostiene como ancla discreta: “A mi edad, volver es una palabra muy larga”. Luego cierra el anafre, apaga el radio, escucha el mar alargar su respiración, y deja que la noche le arrope la frente como una vieja camisa.

Diego Hernández

Soy periodista y apasionado del mundo automotriz. Desde Morelos sigo de cerca las noticias, tendencias y cambios que afectan a los conductores, con especial interés en movilidad, tecnología y actualidad del sector en México.