A sus 71 años Doña Carmen sigue dando clases de manejo en Cuernavaca con el mismo Chevy de 2001: sus alumnos ya son los nietos de los primeros

2 noviembre, 2026

An elderly woman with silver hair and a serene expression sits in t…

El sol de Cuernavaca se refleja en la pintura azul algo deslavada de un Chevy 2001 que arranca con un ronroneo discreto. A bordo, Doña Carmen, de 71 años, toma el volante con la familiaridad de quien ha convertido la calle en aula y la marcha lenta en lección.

En la banqueta, un adolescente espera con nervios nuevos y una sonrisa heredada: su madre aprendió aquí, su abuelo también. “Hoy me toca a mí”, dice, y el Chevy asiente con un chasquido amable.

La estampa diaria en Cuernavaca

En cada esquina, una brisa templada mueve jacarandas y semáforos. El auto gira por Avenida Plan de Ayala, se asoma a colonias viejas y a fraccionamientos recientes.

Los peatones miran el letrero magnético en la puerta: “Clases de manejo con paciencia”. Carmen saluda con un gesto mínimo, y el miedo del primer kilómetro se va deshaciendo como hielo en taza caliente.

“Conduces con los ojos, no con las manos”, repite, y la ciudad parece escuchar.

Una maestra de tres generaciones

Cuando comenzó a enseñar, las licencias eran más baratas y los topes menos altos. Sus primeros alumnos tenían prisa por llegar a la universidad o al primer empleo.

“De pronto volvieron con sus hijos, y ahora regresan con los nietos”, cuenta, riéndose bajito. “Es como ver crecer un árbol y cosechar sombra”.

En su libreta caben apellidos que se repiten con orgullo. “A mi abuelo le gritó un chofer y no se rindió”, dice Marina, 16 años. “Ella le dijo: ‘Respira, endereza, y sigue’. Yo quiero aprender eso”.

“Lo mío no es enseñar a mover un carro”, insiste Carmen. “Es enseñar a moverse por la vida, mirando lejos y con respeto a quien va al lado”.

El Chevy que no se rinde

El tablero tiene cicatrices dulces: un rosario, un llavero de tlacuache, una calcomanía casi borrada. La palanca entra con firmeza antigua, y el embrague perdona torpezas de novato.

Le cambiaron amortiguadores, limpia parabrisas, y un freno auxiliar en el copiloto, instalado por un mecánico paciente que aprendió con ella. “Todavía enciende a la primera”, presume, dándole una palmadita al cofre como si fuera perro fiel.

No tiene pantallas, ni sensores, ni cámara de reversa. Tiene oídos de maestra y olfato para los errores que huelen a prisa, a curva ciega, a distracción que pide alto inmediato y mano en el freno correcto.

Método y paciencia

Antes de mover un centímetro, Carmen hace un inventario de ritmos: manos, pies, mirada, hombros, respiración. La técnica es simple y repetible, como un rezo que no cansa.

  • Ajusta, observa, señala: el cuerpo al auto y el auto a la calle, con mirada que barre y cuello que no se oxida.
  • Espacio, tiempo, distancia: si dudas, cede; si avanzas, convéncete; si frenas, que sea con razón.
  • Cortesía sin miedo: mano que agradece, luz que avisa, claxon que no humilla.
  • Errores a la libreta: anota, repite, mejora; sin culpa que lastima ni orgullo que ciega.

“Tu volante es una promesa: mantén recta la palabra”, dice, y el alumno suelta el aire como si al fin cupiera en el asiento sin doblar las esquinas del alma.

La ciudad que cambió, las manos que guían

Cuernavaca creció en capas: más autos, más plazas, más prisa en avenidas que antes eran de charla. Llegaron apps, motos veloces, y un ruido que compite con la conversación atenta.

Carmen no pelea contra el tiempo: lo acompaña. “Si la calle cambió, cambiamos juntos”, afirma. “Pero no negocio dos cosas: la cortesía y la distancia”.

En la glorieta de Palmas, un nieto apaga el motor y tiembla. “Me rebasó una moto”, confiesa. “Sí, y le abriste espacio”, responde ella. “Eso es conducir”.

Lo que cuesta y lo que vale

Cobra lo justo y entrega más de lo que se paga. Hay descuentos para quien llega con cuaderno y empeño serio. “El dinero se va, el hábito se queda”, dice, tocando la tapa del cuaderno con bolígrafo de tinta azul.

No promete licencias exprés ni atajos de fantasía. Ofrece horas, práctica, calles reales, con lluvia ocasional y semáforos que se ponen amarillos cuando menos conviene y más te enseñan.

Vocación que no afloja

Los sábados, temprano, el Chevy huele a café y tapete limpio. Los domingos, si hay examen, se reza en silencio y se respira tres veces antes de girar la llave.

“Mientras tenga fuerza en la voz y pies en los pedales, aquí estaré”, dice, mirando el espejo donde caben a la vez el pasado y la calle de frente. “Porque manejo no es mover, es cuidar: el carro, la gente y el sitio que llamamos casa”.

En medio del tráfico, una risa joven ocupa el asiento trasero. Es el eco de otra risa antigua, del primer alumno que aprendió a no pelear curvas y a no tragarse los miedos. La lección sigue andando, y el Chevy, testarudo y leal, marca el compás con un motor que envejece sin rendirse al olvido.

Diego Hernández

Soy periodista y apasionado del mundo automotriz. Desde Morelos sigo de cerca las noticias, tendencias y cambios que afectan a los conductores, con especial interés en movilidad, tecnología y actualidad del sector en México.